Antonio Molero
1936–2017
El 27 de marzo nos dejó Antonio Molero Pintado, catedrático de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad de Alcalá y al que sus amigos conocían simplemente como Molero.
En su larga trayectoria profesional recorrió, como a él le gustaba decir, todos los puestos docentes. Empezó como maestro en una escuela de su provincia natal, Toledo. Como tantos otros profesores de su generación, se vino a ampliar estudios y perspectivas vitales a Madrid, en los años sesenta. Estudió Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la aún denominada por entonces Universidad de Madrid, y Periodismo en la Escuela Oficial. Aprobó la oposición de Inspector Técnico de Educación y la de Catedrático de Escuelas Universitarias. Aunque ejerció ambos puestos, finalmente se decantó por el segundo, ejerciendo en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB de Valladolid y, desde 1984, en la de Guadalajara, perteneciente a la Universidad de Alcalá. En 1998 obtuvo la Cátedra de Universidad, también en Alcalá.
Aunque siempre llevó a Valladolid en su corazón, Alcalá fue realmente su “casa”, no en vano estuvo en ella veintitrés años. Participó muy activamente en la política universitaria, como Director del Departamento de Educación, Director del Departamento de Psicopedagogía y Educación Física y Vicedecano de Psicopedagogía en la Facultad de Documentación. Desde todos los foros y tribunas defendió incansablemente la profesión de maestro y la formación del magisterio.
Porque Antonio era, por encima de todo, un maestro.
Confiaba en el poder de su palabra apasionada para entusiasmar a los estudiantes hasta por las cuestiones más complicadas de la política educativa española. Pero, sobre todo, quería que se identificaran con el proyecto profesional y vital de la Institución Libre de Enseñanza. Desde que llegó a Guadalajara, y al menos durante doce o quince cursos académicos, todos los otoños, cuando el aire olía a madera quemada y empezaba a sentirse el ambiente prenavideño, él y yo llevábamos a nuestros alumnos a hacer el que siempre denominamos “Itinerario Pedagógico”. Era éste un recorrido que empezaba en la estatua de Claudio Moyano en Atocha y acababa en el jardín de la ILE, en el que, alguna vez, llegamos a charlar con antiguos institucionistas que nos contaron sus recuerdos del día en el que murió Giner de los Ríos en 1915.
La labor investigadora de Antonio Molero es bien conocida por todos los historiadores de la educación. Era un investigador más de libros que de artículos; los libros eran un soporte más adecuado para la solidez de su pensamiento. Sus obras sobre la Segunda República (La reforma educativa de la Segunda República Española. Primer bienio, Santillana, 1977 y La educación durante la Segunda República y la Guerra Civil (1931-1939), Vol. IV, MEC, 1991) han sido y siguen siendo hoy dos clásicos en nuestras bibliotecas; las dos sobre la Institución Libre de Enseñanza (Anaya, 1985 y Biblioteca Nueva, 2000) han sido el punto de partida de muchas generaciones de universitarios para iniciarse en el proyecto institucionista.
Uno de sus temas de investigación favoritos, aunque se le conoce menos, fue la historia de la formación del magisterio, y a ella dedicó la Conferencia Inaugural impartida en la apertura de curso 1988-89 en la Universidad de Alcalá, la única pronunciada por un profesor de Educación en los cuarenta años de vida de esta institución.
Cuando llegó a Guadalajara ya era un ávido coleccionista de objetos educativos, aunque la idea de organizar un museo tardó años en cuajar en su cabeza. Aprendió mucho sobre museísmo pedagógico cuando fue comisario de la Exposición conmemorativa del Centenario de la creación del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, realizada en la Biblioteca Nacional de Madrid en el año 2001. Ya por aquel entonces su colección de objetos educativos era amplia; y a enriquecerla mucho más dedicó los tres últimos lustros de su vida.
Su última obra, El Diario escolar de Jesús Jorge Chaparro. Crónica apasionada de un maestro (Universidad de Alcalá, 2007), gira en torno a uno de estos objetos, un diario profesional de un docente asturiano que encontró en una librería de viejo y que sacó a la luz en el momento en el que los historiadores de la educación empezábamos a entusiasmarnos por estos objetos.
Con elementos de su colección organizó otras exposiciones en la Universidad de Alcalá y acabó montando, en los bajos de su casa, el que él denominó “mi museo pedagógico” y al que los demás llamábamos “el museo de Molero”. Cuando se jubiló, en septiembre de 2007, siguió ejerciendo desde allí su magisterio con todos los grupos de estudiantes del máster de Memoria y Crítica de la Educación. Con ellos revivía el maestro que fue y ya, de forma cada vez más recoleta, seguía ilusionando y entusiasmando.
Para hacer esta semblanza he buscado todos sus libros que, como él mismo diría, ocupan un sitio especial en mi biblioteca personal. La conferencia inaugural, que le era especialmente querida, me la dedicó así: “Para Mª del Mar, compañera del alma, compañera”. Creo que comparto con todos los que le conocimos este sentimiento de soledad que ahora mismo me abruma. Hasta siempre, Antonio, compañero del alma, compañero.
María del Mar del Pozo Andrés
